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A propósito de El vuelo de la locura, de Raquel Virginia
Cabrera
Por
José Alejandro Peña
www.josealejandropena.net
/
http://poemasultra.blogspot.com
Los poemas de El
vuelo de la locura, de Raquel Virginia Cabrera, entrañan un
juego que es también, como toda ejemplar proporción o
tentativa poética, una trampa y un desafío mediante símbolos
y enunciados eróticos y espirituales, que ironizan, tiranizan,
provocan, seducen, convocan al otro de sí mismo que, a su vez,
se rinde ante la desemejanza de su semejante: la carnada
ofrecida a los hombres y a los dioses termina siendo un pacto
marginal, una forma de postergación de la nada en la nada y,
no otra cosa que un pacto de la sangre, del yo puesto a prueba
en y desde la palabra encarnada, desencarnada. Palabra al
desnudo, implicada en su propia alucinación y deseo. El deseo
de ofrecerse, no como un reducto del ser, de la palabra y su
esencia, sino como una prolongación en el goce mismo de
aquello que se rinde a la libertad de vivir el único instante
posible: el de la totalidad de la fusión entre cuerpo y alma,
voz y palabra, sonido y movimiento, caos y equilibrio.
Se ofrece, a lo
largo de este libro, una serie de imágenes hermanas, que
tienen en común expresar el deseo de una expresión que
desborda su propio clímax, como la chispa que, al hacer
contacto con la pólvora, hace volar un universo interior o
marginal, es decir, la poetisa aquí nombrada (Raquel Virginia
Cabrera) hace suyo un lenguaje que preexiste en el tiempo
mismo de su interioridad expuesta de continuo, a voluntad de
su ética y de su estética, al nunca estático dominio de
entregarse a los peligros que le sirven de estímulo y de razón
de vida en y por la palabra.
La imaginación
juega a ponerse trampas en las que ella misma cae a veces, con
cierta inocencia, con cierta orientación imposible, pero la
más de las veces, es notoria su fuerza y su elegancia, su
profundidad y sus modos de hacer sentir la cosa, el meollo, el
golpe, la cortada. El lenguaje que hermana a estos poemas es
un lenguaje del tiempo, su eje gira en torno a distintos
tópicos y climas aún dentro de un mismo poema, hay un todo
transcurriendo, un hecho múltiple guiado por una sola
enunciación o brote de la sinceridad, de lo unívoco, de lo
concentrado, de lo que sólo el roce puede dar real testimonio
de locura, de empatía y de disparidad entre lo que se desea
ser y lo que se es o se ha sido.
Ningún ofrecimiento
es legítimo si deja de implicar (complicar) destilar el
ofrecimiento de uno mismo, así el ofrecimiento no es del
cuerpo sino también del espíritu. Lo que se ofrece —como en un
ritual de Circe, la maga homérica a quien Ezra Pound llamó "la
diosa bien peinada— es aquello que el hombre no ha sido capaz
de percibir, la belleza indescubierta. No se puede ofrecer
menos que la belleza y el reflujo de los encantamientos o
embrujos de una deidad del habla que solamente la imagen más
alucinada y rara, expuesta a la desazón y a la incomprensión,
puede penetrar. Lo que se pide es la penetración, el goce y la
perennidad del goce, por eso el cuerpo es el símbolo por
excelencia de todo lo imantado entre lo personal y lo
colectivo. En este libro lo colectivo es tan personal como tan
personal lo colectivo. Lo que puede expresar en síntesis
extremas la historia de una vida, también expresa la historia
de la vida de un conjunto de individuos que, si bien llegan al
grado de colectividad, se debe, precisamente a lo que tienen
en común su comportamiento y su lenguaje, su costumbre y el
deseo de abolir aquello que, psicológicamente los separa, como
el agua que separa las partes de un terreno para ser, entonces
el río y sus dos orillas. En este libro las orillas son tan
lejanas y el río es tan ancho, que no se puede llegar abarcar
en toda su totalidad sin incurrir en algún equívoco o
tropiezo. La profundidad del poema, de un poema cualquiera de
los que hay en este libro que la ostente como una flor
silvestre —alguien diría una flor o un pétalo baudelaireano—
se sucede sin intención ni alardes, lo cual no quiere decir
que su autora no se haya percatado, viene dada en los detalles
de la expresión pura o de la pura expresión existencial con
toda la rebeldía de la hora presente que estampa y conduce
como quien va conduciendo una procesión de imágenes
desobedientes. La ironía, de acuerdo a Rilke, no vale lo que
merece ni merece lo que vale, no son esas exactamente sus
palabras, pero es lo que yo cacto de su legítima expresión e
incluso llega a considerarla impropia del buen artista. Hoy —y
desde hace muchos años— la ironía ha sido un ingrediente vital
para expresar el humor o poner cierto color a lo que está tan
desteñido o deteriorado por falta de mejor sustancia o
condimento. Pero no me voy ahora a pelear con Rilke que muchas
razones tuvo al expresar su idea del poeta ideal.
Ironía es belleza. Y
viceversa. Pero no siempre es así, que algunas bellas cosas no
lo son más que en apariencia. El disimulo puede ser algo muy
común hoy día como buen atributo a la falta de sinceridad.
Alguien —sin duda, yo mismo— tal vez encuentre muy a sazón los
mejores poemas de este libro por todo lo que me dicen, pues el
decir suele ser lo noble en la poesía tanto como la manera de
decirlo. Algunas cosas se escriben sin ningún contenido o
sustancia, llevando consigo una recua de palabras insensatas
que tienen, eso sí, alguna gracia, alguna suerte platónica
ordinaria que a ordinarios críticos asombran ordinariamente
hasta el hartazgo. Pero gracias a una deidad superior, nos
hayamos aquí ante un libro que posee la fuerza necesaria para
sostenerse solo en medio de una gran tempestad como una
tempestad contrapuesta a las fuerzas contrarias. Pongo, como
ejemplo, los poemas siguientes:
ÁRBOL SECO
Soy un árbol seco:
la savia se consumió
en mí.
No siento siquiera
al viento,
las aguas son
historias no contadas.
Caída estoy antes
que mis hojas,
santuario de un
cuerpo flagelado.
Absorta en el dolor
vegetal:
¿por qué me has
abandonado?
ENTRE LA NADA Y LA
NADA
Esta inusitada hora
en la que el
silencio
se apodera de mis
ojos,
hora en la que no
logro
secuestrar en el
tiempo las palabras,
llueve en mí la
Nada.
Broto con deseos de
desaparecer,
de acabar con todo y
acabarme
en el argumento
superficial de los filósofos.
En este libro se
pasa de un tono erótico jubiloso a un tono de corte
existencialista con una facilidad tremenda. Veamos ahora el
poema
“búsqueda inversa”:
Amanecí con
ganas de besar a todos los hombres,
de perpetuar boca a
boca la belleza del fuego,
de transpirar el
universo del Yang,
de impregnar la
tierra de un hechizo afrodisíaco,
de amarrar todas las
razas a mi espalda.
Desempolvaré con el
cabello sus rastros
hasta encontrar mi
rostro,
eterna devoción de
escudriñarme.
Búsqueda inversa en
el lúcido vértigo:
mi lengua
resplandece en el deseo.
La búsqueda inversa
que nos da este poema es totalmente abarcadora, y se
manifiesta como un límite siempre deseoso, pues el cuerpo, que
es el eje, quiere experimentar un hallazgo que es como el
vértigo en estado lúcido, no erradica nada, pone todo en
función de una voluntad aprehensiva de aquello que se brinda
en la sucesión de lo otro y del otro. O explicado de otro
modo: por no tener completamente lo que desea, pues teniendo
la parte no tiene el todo, se rebela, puja por lo otro y por
el otro, va hacia los otros con la ansiedad misma de un
espíritu libertino y perverso, pero no en el sentido de un
íncubo o de un súcubo, ambos espíritus infernales que buscan
poseer el alma del otro y de los otros, aquí ni siquiera se
desea el cuerpo, sino el goce pleno, la plena libertad de
espíritu.
Lo mágico
del contenido lo proporciona la expresión poética amplia o
ampliada desde una síntesis del contenido, la metáfora desnuda
y consecuente con los caprichos del deseo expresado en
imágenes cabales. Queriendo expresar lo uno y lo otro, expresa
lo múltiple, traslada lo ordinario al límite de lo humano para
hacerlo tangible y poderoso, es decir, que lo simple,
atravesado por un detalle de auténtica belleza, se transforma
en algo sustancialmente perdurable.
11 de Septiembre de
2006.
West Virgina,
Estados Unidos
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José
Alejandro Peña (Santo Domingo, Rep. Dominicana 1964).
Obtuvo en 1986 el Premio Nacional de Poesía con su libro
"El Soñado Desquite" (Colección Orfeo,
Biblioteca Nacional, 1986).
Desde 1995 reside en los Estados Unidos de América.
Dirige la revista de poesía
Paradoja. Se
desempeña como editor e impresor de
Ediciones El Salvaje
Refinado (www.esrefinado.net).
Fundador de la Sociedad Internacional de Escritores.
Ha traducido poemas de Wallace Stevens, Mark Strand,
Ives Bonnefoy, Vasko Popa, Theodore Roethke, Ezra Pound,
W. B. Yeats, Sylvia Plath, Howard Moss, Henrik
Nordbrandt, Emely Dickinson, Allen Ginsberg, entre
muchos otros.
Ha publicado los siguientes libros de poesía:
Iniciación Final (1984), Pasar de Sombra (1989),
Estoy
Frente a Ti, Niña Terrible (1994), Blasfemias de la
Flauta (edición bilingüe de Essential Icon Press,
Nebraska, 1999), Tomorrow, The Paradise (versión inglesa,
XLibris Corporation, Pennsylvania, 2001), Mañana, el
Paraíso (Ediciones El Salvaje Refinado, Mayo, 2001) y
El Fantasma de Broadway Street y Otros Poemas (Ediciones El
Salvaje Refinado, Mayo, 2001), La vigilia de todas las
islas (2004, Ediciones El Salvaje Refinado).
Sus poemas han sido traducidos al francés y al inglés y
publicados en diversas revistas nacionales e
internacionales. Las siguientes antologías muestran
algunos de sus poemas: Al filo del Agua, XX años de
poesía dominicana 1979-1999, Miguel Antonio Jiménez,
Universidad Autónoma de Santo Domingo; Juego de Imágenes,
la nueva poesía dominicana, Frank Martínez, Isla Negra
Editores, Puerto Rico; Miroirs de la Caraibe, douze
poetes de Saint-Domingue, Editorial Les TEMPS des
Cerises -Francia-Rep. Dominicana, Abril 2000; 1ª Antología Poética (edição histórica), Andre Correia y
Maria Inés Simões, Academia Virtual Brasileira de Letras,
Junio 2004.- |